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El túnel

El túnel

Los túneles de Hallonbergen tienen algo de portal dimensional. No importa cuántas veces los cruces, siempre hay una fracción de segundo en la que el sonido cambia, el aire se vuelve más denso y tus pasos resuenan diferente. Esta mañana, con la luz del sol apenas asomándose por la salida, el túnel parecía estar pintado con acuarelas. Los colores se degradaban de un ámbar cálido en la entrada hasta un azul profundo en la penumbra del interior. Me quedé parado unos minutos, viendo pasar a la gente: una señora con su carrito de compras, un chico en bicicleta, un par de adolescentes que ni siquiera levantaron la vista de sus teléfonos. Nadie miraba el túnel. Para ellos era solo un paso, un no-lugar entre el metro y la calle. Para mí, en ese instante, era todo el universo condensado en una perspectiva que se perdía en la oscuridad. Apreté el obturador con la calma de quien sabe que está robándole un segundo al tiempo. Porque de eso se trata, al final: de robarle segundos al olvido.